La verdad es que la hice muy fácil. Cargué Google, puse rafaelito y me puse a chusmear un poco sobre los resultados.
Entre todas las porquerías que encontré, hallé un cuento. Ahí va.
RAFAELITO
Por: Nikoláy P. Polozháev
El pequeño Rafaelito pasaba por el período más difícil de su vida – en el colegio empezaron las vacaciones. El mundo se redujo a la cerca del patio de la casa de sus padres. Rafaelito apenas tenía seis años, pero a su poca edad ya había conocido muchas cosas interesantes. Así sabía que en el mundo, además de su casa y el colegio, existían muchas calles donde siempre había movimiento, mucha gente y mucho ruido. Un día él se escapó de la casa y logró explorar dos cuadras de la calle antes que lo alcanzara la sirvienta de la casa. Si su mamá hubiera sabido de aquello, Dios sabe qué habría podido pasarle a ella. Además, Rafaelito conocía otro lugar – el club a donde sus padres lo llevaban a veces. En el club se podía jugar con otros niños. El recordaba también que en las Navidades lo habían llevado a la casa de su abuela que vivía en otra ciudad – una casa grande de tres pisos donde Rafaelito el día entero corría por las escaleras de arriba abajo y la abuelita le gritaba: “¡Cuidado niño! ¡Te vas a caer!”.
Ahora todo aquello quedó muy lejos. Su papá estaba ocupado todos los días (el papá de Rafaelito era un buen abogado y la mamá decía que era un gran hombre), la mamá también estaba ocupada – no se separaba del teléfono o de sus roperos. Así que el niño jugaba en el patio con el perro, aunque eso no le gustaba a la mamá, o estaba junto a la cerca mirando por la verja el mundo exterior, eso le gustaba a su mamá todavía menos.
En el cuarto de Rafaelito reinaba un estancamiento completo. Perros, osos, elefantes, jirafas de todos tamaños – ¡qué animales no se encontraban allí! – estaban tirados en los estantes y en el piso. Todos los “ejércitos” con sus tanques de guerra, artillería, helicópteros y aviones de combate, quedaron inmóviles celebrando una tregua prolongada. En el ferrocarril de juguetes estaban parados los vagones y locomotoras como si hubiera declarado la huelga.
Hacía tiempo que Rafaelito estaba aburrido de todos sus juguetes. El ocupaba su posición junto a la verja y exploraba la vida de la calle. En pocos días conoció a todos los perros errantes de la calle y sabía, por ejemplo, que aquel perro flaco y largo con una oreja rota era el “jefe” y aunque había perros más grandes, todos le tenían miedo y respeto.
En aquella esquina solían reunirse los muchachos limpiabotas. Cuando ellos no tenían trabajo se juntaban en aquel sitio, se acomodaban sobre sus cajas y latas vacías y con aire de importancia discutían sus problemas. Rafaelito moría de envidia y hubiera dado la mitad de su vida por tener una caja con cepillos y ser tan independiente con aquellos chicos.
En la calle de vez en cuando aparecían otras “personalidades” interesantes. Cuando se oía “¡Botellero!”, Rafaelito corría a la cocina y le pedía a la cocinera dos o tres botellas vacías – después pasaría el “barquillero” en la bicicleta con una campanilla y él podría comprar una barquilla. Y cuando pasaba el vendedor de legumbres, la sirvienta de la casa encontraba que hacer cerca de la verja, hacía tiempo que el niño notaba esa coincidencia.
En una o de aquellos días en la casa surgió una persona nueva, un muchacho de seis o siete años. Rafaelito lo presentó a su mamá:
- Mamá, es José, mi nuevo amigo. El va a jugar conmigo.
La mamá con asombro extremado, examinó al nuevo amigo. Era flaco y moreno, vestía pantalones cortos y llevaba chancletas de goma; en la camisa ya no se adivinaba su color original. Con toda su apariencia él obviamente no armonizaba con el interior de la casa.
- ¡Dios mío! ¿Tu amigo? … ¿Pero de dónde?
- De aquella calle – murmuró el niño muy contento -. Se llama José. Yo voy a jugar con él.
- ¡No faltaba más! – la mamá volvió en sí y alzó la voz -. Isabela, acompaña a este niño a la calle…
En ese momento el papá de Rafaelito salió de su despacho.
-¿Qué está pasando aquí?
- Mira, a quién trajo de la calle tu hijo. Un vagamundo típico. Debe ser hijo de uno de esos borrachones…
- No exageres, mi amor. Son niños. Déjalos que jueguen.
-¿Cómo tú puedes decir así? Ni siquiera sabes de dónde es este tipo.
La mamá estaba indignada, pero el papá sonreía. Rafaelito y José movían las cabezas mirando ora al papá, ora a la mamá.
- No te preocupes – dijo el papá -. Este “juguete” le va aburrir como cualquier otro. Déjalos. Mira, Rafaelito ya casi llora…
En efecto, Rafaelito estaba a punto de recurrir a su arma probada.
- Y cuando ellos terminen, dile a este muchacho que me lave el carro, esta noche voy a salir.
La mamá se encogió de hombros y disgustada se retiro a su habitación. Rafaelito cogió la mano de José:
- Mi papá es un gran hombre. Vamos a jugar.
En el cuarto de Rafaelito se rompió el tedio. Se levantó la “huelga”en el ferrocarril, todos los vagones se pusieron en movimiento. El “ejercito” de Napoleón Bonaparte declaró la guerra a los “guardianes del espacio”. Operaciones bélicas terminaron con la pelea personal de los “jefes militares” – perros, osos, elefantes volaron por el aire.
Cuando se hizo la paz, Rafaelito sacó su juguete preferido – un pequeño carrito electrónico. Era un carrito mágico y muy inteligente, avanzaba por el piso intermitiendo luces de distintos colores, de pronto se paraba, “pensaba” un instante y bruscamente cambiaba de rumbo; cuando se acercaba a un obstáculo, sonaba la bocina y el carro retrocedía. A veces inesperadamente se apagaba y había que gritar o silbar para que nuevamente se pusiera en movimiento.
De vez en cuando ese carrito del cuarto de Rafaelito y huía por el pasillo. Los niños echaban a correr detrás de él.
“¡A la derecha!”- gritaba uno, “¡a la izquierda!”- gritaba el otro, pero el carrito daba media vuelta y … se apagaba.
Pasadas dos horas, los muchachos ya estaban roncos de gritos.
La mamá no salió de su habitación. El papá se asomó una vez por la puerta de su despacho, miró a su hijo con una sonrisa y se encerró de nuevo.
Al día siguiente Rafaelito desde la mañana esperaba junto a la verja y cuando vino José, lo llevó a su cuarto donde le enseñó sus libros de muñequitos. José jamas en su vida había visto cosas tan bonitas. Después comenzaron las guerras, carreras, gritos.
Al tercer día todo ese idilio tuvo un término tan inesperado como el comienzo. En cuando José apareció en la casa, se encontró con la mamá de Rafaelito. El niño se asomaba atrás de su mamá.
- Miren a este sinvergüenza. Ha venido como si no hubiera ocurrido nada – exclamó la mamá mirando a José de arriba abajo. Desconcertado, José miró a Rafaelito. Este le explicó:
- Se perdió el carrito mágico. Lo buscaron y no lo encontraron en ninguna parte.
El papá salió de su despacho.
- ¿Qué es lo que está pasando?
- Vino ese ladroncillo como si tal cosa. Desde el principio estaba claro que era de esa gente sospechosa de algún barrio. Esos miserables mandan a sus hijos a robar para tener de que beber. Hay que llevar a este tipo a la policía para averiguar quiénes son sus padres.
- Yo no robé nada – murmuró José asustado y miró al papá de Rafaelito.
- Está bien, no tengas miedo. Yo no voy a llevarte a la policía. Puedes ir ahora a tu casa. Pero antes de que te vayas, quiero decirte algunas palabras. Mira – el “gran hombre” le mostró sus manos -. Todo cuanto yo tengo – mi casa, mi carro, mis negocios – todo eso lo gané con estas manos trabajando honradamente…
José miró dos manos blancas, bien cuidadas, con uñas pulidas, con anillos de oro, y las comparó con las de su padre, que eran nudosas, con una piel arrugada y prieta de sol y de tierra – las manos de un trabajador.
- … Tienes que aprender para toda tu vida – continuaba el “gran hombre” con tono ejemplar, buscando palabras comprensibles para el niño -, que Dios ayuda sólo a la gente honesta. La gente ingrata y deshonrosa lleva una vida miserable coma la de tu padre que ni siquiera tiene con que comprar ropa para su hijo…
- ¡Mi padre no es ladrón! – gritó José. Las lagrimas brotaron en sus ojos. Salió de la casa corriendo y se fue por la calle llorando por el agravio.
… Pasó una semana. Rafaelito abandonó sus juguetes – le era aburrido jugar solo, volvió a su “puesto de observación” junto a la verja. He aquí, un día vio a José. Ese iba por la calle con un paquete de periódicos y de vez en cuando gritaba:
- ¡Noticias! ¡Noticias!
Rafaelito saltó de alegría.
- ¡José! – gritó él -. ¡Ven acá!
José se detuvo frente a la verja.
- Sabes, el carrito mágico lo encontraron en el cuarto de la sirvienta debajo de la cama. ¡Vamos a jugar como antes!
José vaciló un instante, escupió la acera y mintió:
- Mi papá me compró un carrito mejor que el tuyo-
Prosiguió el camino.
- ¡Noticias!
Rafaelito le seguía con la mirada apretando la cara contra las varillas de la verja y parecía en aquel momento un preso. Y es que él de verdad se sentía como un preso.
FIN geovisit();