Las ideas.

“Más deliciosa que un Virginia Superslims luego de haberse cepillado los dientes”. Felipe Morris

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No digo ni pretendo que sea la receptora perfecta; tampoco afirmo que seamos idénticos en nuestra concepciones. Pero por mucho, es lo mejor que he conseguido en este campo, el de las ideas. La Dorada y yo sabemos de lo que hablamos cuando mencionamos nuestros desprecios, nuestro odio a ciertas gentes, y no lo ocultamos.

Egoísmo, vitalidad (en mí es una idea, en ella es su idiosincrasia), la independencia de criterio como así también  de acción. Ella es fría, más que yo, aunque debo admitir que no es un gran mérito que sea así. El amor propio en ella es exacerbado, cínico, descarado quiero decir. Es tremendamente honesta en su autoestima.

No entiende mucho de política, pero sabe lo suficiente como para hacerse de un juicio justo sobre la injerencia del Estado en nuestras vidas; sé, de su boca, que a su abuela le llaman gorila. Que para el que escribe estas líneas no es para nada un insulto.

Ama el american way of life. A eso nada puedo agregar.

De historia nunca hemos hablado. Tiene el buen gusto de no tocar temas que no maneja; y lo mejor, es que no se excusa por ello. No celebro su ignorancia, pero aplaudo su honestidad.

Cierta vez me arrogó  el adjetivo “culto”. No todo es perfecto. Le hice jurar que jamás me llamaría así, hasta que yo se lo permitiera. Ella respetó mi postura.

La dorada me reconoce como un fundamentalista de la belleza. A su modo, menos teórico y más práctico, ella también es una amante de lo bello. Deduzco que de allí proviene su amor propio.

Pero hay una aparente contradicción: dice amarse, pero se destruye. O no sabe que se destruye o es una gran mentira lo de su amor propio. Solamente me dedico a describirla, no a juzgarla. Aunque en realidad en mi fuero más íntimo sí lo haga, pero queda reservado. Mientras tanto espero.

Es pequeña y tiene tanto que aprender. Como no supera las dos decenas anuales tiene cierto grado de inmadurez que estoy ansioso por ver cambiar. No seré un guía ni mucho menos, adoptaré una postura de pasiva observación.

La Dorada, primera entrega.

“Un hombre que está encerrado en una obra no debería estar escribiendo una propia. Sin darse cuenta podría estar cometiendo un plagio. Haciendo caso omiso de mi propia advertencia , intentaré escribir algo, aunque sea eventualmente (gracias a Kirchner y sus testimoniales) destruido”. Felipe Morris.

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“No importa lo que escriba, no importa para quién lo haga. Haré que esta lapicera barata se deslice y me proporcione el placer físico de escribir. Después me tomaré la molestia de transcribirlo. Usted lector no tiene ninguna obligación de leerme. No sufra si no quiere.” Immanuel Aue, hermano de Max Aue.

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Con La Dorada (este es un nombre que tomé con toda libertad de la novela corta de Ayn Rand, Himno) no tenemos una relación, digamos, convencional. Podríamos decir que por el momento nos hablamos y que eso nos beneficia a ambos;  eso es lo que importa. Para ser honesto nuestra relación, si así podemos llamarla, es algo chata. Si quisiéramos novelarla no podíamos porque nuestra historia no tiene trama. Ni hechos concretos.

Ella es la clase de mujer que busca conocer el mundo a través de los excesos, incluso poniendo en riesgo algo sagrado: su belleza. Eso la convierte a mis ojos en una especie de criminal. A veces pienso en su juventud y en que la vida le ha golpeado duro, pero ¿a quién no ha golpeado duro la vida?

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Soy su jefe. Eso me da mucha libertad para observarle; aunque debo decir también, a pesar de ser ella una subalterna, sabe hacerse muchos espacios y tiempos para observarme. Eso me llevó a desenvainar toda mi capacidad para hacerme el concentrado en mi trabajo.

Ella fue la que empezó todo, recuerdo. Con su habilidad femenina  engatusó a las mentes mas obtusas de la empresa para sembrar los rumores  que inexorablemente llegarían a mí. Lo hizo como si conociera que tengo un séquito de informadores. Lo que más me extrañó, y lo que hizo que cultivara la teoría de su conocimiento del séquito, fue que eligió a los especímenes más energúmenos para hacer circular la información. Claro, éstos condensaron el dato con sus más bajos deseos sexuales y no acudieron a mi como quien trae una información, vinieron a mi con la exigencia de acostarme con ella, La Dorada. Muy hábil. Si tuviera yo algo de macho cabrío.

Hasta entonces nada más que conflictos internos hacían tambalear mi relación con Matilda, la musa.

¡Es una niña! Una pequeña de apenas dieciocho años y fue la que me tentó a dejar a Matilda. La mujer. La persona central en mi vida.

Con Matilda era la mirada; con ella, La Dorada, es la piel. Pocas veces nos hemos tocado ¡Pero cuánta intensidad!

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Los diálogos también son importantes. La escucho con mucha atención, aunque a veces tenga que fingir un poco. Sé que hay una parte sustancial, siempre la hay, y sé también que sólo tengo que esperar. Esa parte por lo general llega cuando ella hace  una pausa.  Calla unos segundos y comienza a reflexionar en voz alta. Eso es lo esencial. Imperdible. Después viene una mirada acusadora que me hace responsable de sus pensamientos; y arguye que “esas cosas nunca las hablo  nadie”.

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Sé lo que necesita la niña, sé lo que necesito yo. Y no es precisamente mi liberalidad, ella ya hace lo que quiere.

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Mi apariencia, sobre todo en el trabajo, donde más nos cruzamos, siempre fue la de una persona asexuada. Eso debió de llamar la atención de la pequeña Dorada. Nos separan apenas cinco años, pero se notan. Sobre todo porque mi maduración proviene de las privaciones. No la acuso de haber sido de clase media. Fue una bendición para ella que haya sido de ese modo. Creo que eso coadyuvó en su carácter y en su belleza.

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Por ahora eso es todo lo que puedo contar hasta que vengan los hechos y esta historia comience a tejerse como dios manda.

Nuestros cuerpos

Como título elegí Nuestros cuerpos pero mientras escribía eso, decidí que solamente hablaría del cuerpo de ella. El mío esta bien por ahora y no necesita descripción.  A decir verdad el de La Dorada también merece pocas palabras, habría que, en todo caso, contemplarlo para hacerse un juicio justo. Pero trataré de hacer mi mejor esfuerzo, el de un escritor, por mediocre que sea.

Quiero dejar constancia de que el esbozo de retrato que aquí encontrarán no es el de un hombre enamorado.

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Su cuerpo no se parece a lo que alguna vez haya poseído. Sé que ese dato no aporta mucho al retrato, pero me es necesario decirlo, para mí, claro está.

Su cara es particular, bellamente. Angulosa con una nariz que no esconde ni opaca su hermosura. No es romana, es más bien aguileña.  Sus ojos son verdes. Revelan una alegría que ni el más poderoso depresor químico podría esconder, ni morigerar. Vivos, atentos y astutos son esos ojos claros, como su conciencia.

El cabello, demás está decirlo, es dorado. Un dorado bronce, no opaco. Lacio, no marchito, ni ajado, lacio. Su cuello, interminable. Las proporciones del tronco torácico son lisamente justas. No hay exceso de carnes. Ni un gramo. Sus senos están hechos a la medida de mi mano derecha, que no es muy grande. Sus piernas, como las de toda dama elegante, son largas, muy largas y esbeltas. No he visto su cuerpo desnudo, pero apostaría mi vida a que carece de imperfecciones cutáneas tales como la celulitis o siquiera una estría.

Sus hombros son el segundo objeto de mi obsesión. Son tan ergonómicos, pequeños, abrazables. Con los huesos bellos y refinados. Son perfectamente distinguibles entre un millón de hombros. Desde que nace su clavícula hasta que se forma la articulación del brazo sus rasgos son delicados, pequeños, creo haberlo dicho. La fosa del nacimiento de su cuello reviste una hermosura exquisita. Sé, otra vez, que esto no ayuda a la descripción, pero tenía que mencionarlo, pues es la sensación que provoca. Si la vieran, me entenderían.

Soy consciente de la pobreza de mi lenguaje. Y con esto no quiero pedir disculpas, más bien quiero hacer una aclaración. Hay palabras que se repiten con demasiada frecuencia, está claro. Por esto, pienso que estoy preso un lenguaje que carece de matices. Matices que harían más certera cualquier descripción.

Pero también creo no conocerlo lo suficiente. En ambos casos, me da igual, me quedo sin el espectro de adjetivos que serían más acorde. Al tacho con el lenguaje, inventaré algunas palabras. Allá ustedes si desean seguir.

Me voy a detener un segundo en su boca. No es generosa. Está apenas dibujada, pero ¿no debemos entonces priorizar  la armonía del conjunto de elementos que se reúnen? Su boca sostiene a su nariz con elegancia y sin esfuerzo. Cuando sonríe, esto es muy a menudo, su boca, su desdibujada boca, adquiere una notoriedad guasónica. Y en complicidad con sus ojos denotan la inteligencia de su mente.

Hay tres puntos que hacen la diferencia esencial entre cualquier cuerpo y el cuerpo perfecto. También es lo que hace a la diferencia más importante entre el cuerpo de un hombre y el de una mujer. Estos puntos son: el abdomen (la panza), las nalgas; y, por último, el quiebre entre estas últimas y la cintura, me refiero a la curva lumbar. Sin ser un punto importante en sí, podríamos agregar como anexo la rectitud la espalda.

La Dorada cuenta con un abdomen atlético, chato, sin protuberancia ni cúmulos defigurativos -si son tan amables de aceptarme el término-.

Sus nalgas son mínimas, pero enhiestas. No desbordan de carne  porque no hace falta. No sé como decir de una manera elegante que sus nalgas gozan de una redondez un poco más que apetecible.

Llegó la parte más eximia, la más atractiva: la curva lumbar. El encastre es perfecto. Su espala desciende con una leve inclinación de unos setenta grados y se une a sus nalgas con una naturalidad y una hermosura erótica propias de una escultura de Danielle Anjou.

La dorada no es la clase de mujer o mujercita a la que le guste mostrar su cuerpo, al menos así puede uno conjeturar si se tiene en cuenta el tipo de ropa que viste. Ella no muestra, insinúa. Incluso hace esto cuando sale a alguna fiesta. Lo que sí muestra son sus brazos. Son largos y delgados, lo suficiente como para abrazar todo mi cuerpo con holgura; eso es lo que creo.

El desprecio dorado

El desprecio no es un juego al que me sienta invitado.

“Oh Dorada, no me gusta que me impacientes”. Este pensamiento puede resultar en palabras concretas. Si lo hacen significaría un ataque poco elegante.

Música, poesía light, que siempre fueron mi fuente asible de conocimiento, o de afirmación de ideas preinstaladas. “No cambiaré por ti/ mi fe, mi fin/ mi plan, mi amor/ ni mi dolor” (cortesía de Toto). Randianamente he decidido que mi vida cumpla con un propósito ya establecido desde hace muchos años. Los elementos (personas quiero decir) ensamblables deben ser funcionales, o en última instancia, no estorbar con el  fin último. Elemento que me distraiga, elemento que deviene descartable

En la soledad de la masturbación

Introito

En la soledad de la masturbación, entre el tedio del estudio y música patética de los setenta, es increíble como uno se conoce. La primera forma de autoconocimiento es ser conciente de cuánto uno se ignora. Para que esto suceda es necesario dejar de mentir, reconocerse como lo que uno es. Aunque uno sea un poco menos que una rata sin talento, un gusano con apariencia de sabio. Pero hay algo bueno en esta soledad, además de descubrirme, alumbro sobre los procesos que me forman como persona. He identificado lo que me ha convertido en el ser de segunda mano que soy ahora.

Texto

En desesperados intentos por comunicarse con el hombre que a uno lo haría feliz, uno se vuelve más despreciable. Ya el propio hecho de que la persona que te haga feliz sea un hombre ya es algo aborrecible, enfermo y desviado.
Yo soy un enfermo y un desviado. Son pocas las cosas que me conmueven hoy. La nada está presente todo el tiempo, quiero escribir y en principio no tengo estilo, cuando lo encuentro, hallo que tampoco tengo sobre qué escribir. Ahora no tengo ni estilo ni tema.
El hombre de la rosa no me contesta; ayer caminamos a su casa y sigue todo tan intacto como siempre, el tema de su pareja es una cuestión totalmente vedada. Se cuida y lo quiero por eso. Tiene un tacto tan especial, pero ni siquiera eso me conmueve, simplemente lo amo (voy a dejar el término, porque ya descreo de ese concepto).
Pretende acerarse amistosamente, cosa que no le permitiré jamás. No hay negociación, la relación será la que yo pretenda o no será ninguna.
Tengo en mente hacer cosas muy estúpidas, de las cuales seguro me arrepentiré, pero es menester ahora y acá capitalizar experiencia o seguiré siendo un incapacitado en cierta disciplina del placer (antes llamado amor). Y eso no lo quiero
Mi admiración por él me insita a acostarme con cualquiera para luego no aburrirlo, para evitarle el tedio de enseñar a un recién iniciado. No es para nada renuncia ni entrega, es negocio. Quiero, en un futuro, retenerlo.
Eso habla de la tonta esperanza de algún día abandonar la soledad de la masturbación y penetrar junto a él en el placer del afecto (antes nominado amor) expresado físicamente. Estoy solo, muy solo enterrado en una habitación que da a un patio plagado de excrementos de un animal muy aborrecible.
Comparto este aislamiento con restos de polvo y algunos ácaros. Estoy triste porque estoy con los ácaros y yo no amo a esos bichos. Estoy triste porque leo, pero no por sed sino por hambre. Quiero carne y como libros.
De vez en cuando una brisa fresca alivia el ostracismo, aunque no sé muy bien por qué.
Este fétido aire me acarició el rostro, y me entristece que nunca nadie lo haya hecho antes; pienso en su rostro, en su textura, y pienso en que alguien ya se lo ha acariciado.
Estoy solo y aburrido y ni siquiera sé escribir por lo que me masturbo para pasarla un poco mejor. Me doy asco por momentos, me doy pena por otros.

Diciembre 2008
(por poner una fecha, la verdad es que bien podría haber sido en enero del mismo año)

Me escapé

Me despedí de la tormentosa brevedad y vorágine de Facebook. ¡Cuántas horas tiradas la basura! no recuerdo haber hecho nada productivo allí. Quienes me leían, salvando a dos o tres personas, eran unos débiles intelectuales. Con esto no quiero decir que mereciera yo lectores cultos. Faltan años para eso, o quizá nunca lo alcance. Mientras tanto me quedo con la soledad del blog. Aquí nadie me ve y puedo hacer escribir mal,  muy mal que nadie lo notaría.

Un tibio regreso

Tuve que correr para alcanzar el bus, era ya muy tarde como para hacer el viaje a pie, y disponía de fondos insuficientes como para tomarme un taxi. Sin dudas esto motivó mi corrida de cinco metros. Una vez sentado, conecté mi reproductor portátil y me entregué a mi café y a la contemplación de la urbe dormida, cansina. La noche era tibia y nadie pululaba en los alrededores, el ómnibus apenas avanzaba un poco más rápido que el paso de un hombre. Todos estos factores confabulaban para el relax. Hermosas canciones me recordaban mis pasados sueños, inocentes algunos, otros demasiado realizables para considerarse sueños. Suave, la música cumplía su fin, proveerme de deleite y calma. Quizá mi alegría dentro de este momento tan rutinario, como es el regreso a casa, haya sido provocada por el alboroto de mis hormonas nunca demasiado quietas. Recordé, sorbo de café mediante, cómo se me había entregado una hermosa mujer sobre el frío piso de mi trabajo. Se había dejado caer desnuda sin más. Había hecho unos ademanes de cansancio, recuerdo también que algo mascullaba. Mi siguiente recuerdo, era una masa de carne tendida sobre las baldosas que dibujaban una suculenta figura. Tierna. Imposible. No discierno si esto era el recuerdo de una fantasía de mis hormonas, o si realmente alguna vez sucedió. Mientras tanto la música fluía hacia mis oídos. La brisa, apenas fresca, me despeinaba, pero ya no importaba mi cabello, volvía a casa; allí nadie se fijaba en esas cuestiones. Pensé en mis trabajos como escritor. Pensé en que nunca termino lo que empiezo, pensé en Dominio de pureza. Los árboles incólumes, enhiestos, que pasaban como si corrieran una carrera, pero hacia atrás. Mi mente tiene la costumbre de jugarme buenas pasadas, imaginé por un instante en que yo pertenecía al primer mundo. Jugué infantilmente a que era un ejecutivo que sin más volvía a casa en ómnibus como tantos otros lo hacían en metro; a mi nunca me gustó el metro-siendo sincero nunca he viajado en uno, pero qué importaba después de todo estaba fabulando-. Pensé en mis lapiceras caras. En mis libros mas caros aún. Pensé que quizá no sería un ejecutivo sino un pensador, un intelectual que buscaría las palabras más hermosas para transmitir desde sus ideas, hasta la vuelta a casa en una noche tibia de primavera.

Primavera 2008

Casa de enemigos y las hormigas.

Era una casa muy pequeña y rústica, pero cuando yo era chico la percibía como un enorme palacete, con campo de batalla y todo. Recuerdo con cierta vaguedad el interior (que es muy distinto al de ahora), muebles deteriorados por los niños, que a decir verdad éramos muchísimos. Si hablo de la casa de mi infancia, en realidad hablo de una parte de ella. Un lugar en el cual podía estar solo, era libre, mi imaginación y unas cuantos cacharos eran lo único con lo que contaba para divertirme y aprender, ese lugar era el techo. Sentía que estaba en la cima del mundo y que allí nadie me vería. Ensayaba con unos cuantos productos químicos que encontraba en el interior de mi casa, los mezclaba de diferentes maneras. El objetivo siempre era el mismo: matar hormigas. En el techo encontraba la paz, abajo, en el mundo común, estaba apestado de niños gritones y de gente adulta ocupada, que casi siempre estaban de muy mal humor. Por suerte ninguno subía al techo, mi lugar. En la época de vacaciones sólo bajaba para comer, ir al baño y dormir; el resto del día me la pasaba en mi “laboratorio” y cuartel general, pensando en la estrategia de ataque para acabar con esa plaga roja. Mis armas químicas nunca eran del todo suficiente por lo que a veces recurría a un aerosol y a un encendedor para fulminar al enemigo. El patio era algo enorme pero por general no podía bajar a jugar por dos motivos: uno, estaban mis hermanos y mis primos (los niños gritones); dos, era el territorio enemigo, sólo bajaba para tratar de aniquilarlo. Luego la casa fue mutando, mejorando por suerte, y yo fui creciendo. Comencé a entenderme con la gente que me rodeaba y a las hormigas nunca las pude exterminar por lo que tuve que aprender a convivir con ellas también.

Registro del primer paso para curarme del altruismo

Si bien es peligroso, lo haré. Escribiré todo, el registro de las cosas ya no me asusta tanto. M e enfermé y cedí. La moral altruista me está destruyendo, pero quiero curarme y el primer paso para hacerlo es reconocer que la mierda te llega hasta el cuello. Pues bien, estoy lleno de mierda. La cuestión empezó el día en que me enamoré; al hacerlo me desplacé y olvidé cuidar de mi. Pensaba en él, y descuidaba, así, mis deberes. Quise entrar en una depresión para conseguir, mediante lástima, un poco de su atención. Por su puesto que detesté la conducta adoptada, era consciente de todo. Aun así no me rectifiqué a tiempo. Me convertí en una de esas personas que son adoradas por todos, esas personas que no dicen que no casi nunca, siempre solícito para ayudar. Mis pares me admiraban por ayudarlos, por tener atenciones con ellos. En principio, mi conducta se fundamentaba en que consideraba a todos los que me rodeaban eran unos inútiles. Prefería no contar con nadie aunque significara inmiscuirme en tareas y responsabilidades ajenas. Todos me apreciaban por solidario, cuando en realidad yo los detestaba por incompetentes. Luego vino la culpa (en nuestra cultura nadie escapa a ella. Malditas madres), sentía remordimiento por no corresponder a ese afecto de mis pares emanado, por cierto, de su comodidad. Empecé a quererlos por lástima, comencé a preocuparme por ellos. Mi tiempo era ocupado por dos cosas: mi trabajo (compañeros incluidos) y Gonzalo, el amor alcanzable. Tan alcanzable me parecía que cuando me confesó su amor por Gerardo caí en la cuenta de que si no alcanzaba su amor yo debía de ser muy poca cosa; en efecto lo era, por pensar de esa manera.

Texto preliminar sobre el “amor químico”

Breve intro
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El amor puede resultar ser un mecanismo sabio, útil, e inesperadamente forjador. Trataré de explicarme.
No recuerdo donde fue que leí que estaba científicamente comprobado que el amor duraba no más de dos años. Supongo que fue en el diario, casi todas mis teorías vienen de ahí. Adopté inmediatamente esta idea que se condecía con esa tonta frase que repetía maliciosamente a mis amigos “emparejados”, “el amor tiene fecha de vencimiento”.
Al período previo a la expiración en el que se ve a las personas con la mirada dulce, cristalina y sobre todo estúpida, lo nominé “amor químico”.

El amor químico es un poderoso sedante, que vuelve tolerante a cualquiera. Toda pareja, en un principio vive una felicidad atolondrada; lo que Sabina llama en una canción el amor sin espinas.
Esto es realmente muy útil. Brinda a los tórtolos la posibilidad de conocerse, hasta en los defectos más fétidos, sin que ello implique repugnancia alguna.
En este período de obnubilación hormonal se perdona todo. Nada importa. Es en este momento en que empieza a engendrarse el acostumbramiento. Después, cuando el amor químico se desvanece, la costumbre ya está instalada. Ya no hay sorpresas. El cariño y la tolerancia toman el protagonismo.

En este momento me encuentro con un cincel y un martillo destruyendo un ídolo. Mi ídolo se llama Matilda. Ahora, que me embarga el amor químico, nada me asusta, nada me detiene. Quiero descubrirla y, aprovechando su obnubilamiento, que ella también me descubra. Debemos conocernos ahora. Tenemos que construir ahora.
Con mi cincel no pretendo tallar a mi antojo, más bien quiero desprender la arcilla de la roca. El trabajo que debo llevar a cabo no es el del escultor, sino el del arqueólogo.

Un pedazo de mi destino en un arbitrario papelito

Increíblemente mi vida está guardada, y bien planificada, en un trozo de papel. La paradoja subyace en los albores de este sistema macabro. En realidad lo pergeñé yo mismo. No se trata de una invención original, sino más bien de una extrapolación de un macro sistema existente, adaptado a mis necesidades. ¡Sí, toda mi vida está en un trozo de papel que contiene los horarios de mi trabajo!
Todas las demás actividades, incluyendo el amor, orbitan sobre esta hoja diseñada casi arbitrariamente.
¿Será que mi jefe define si debo (o puedo, mejor dicho) amar? Por las dudas debí anotarlo en el cuaderno de los horarios, como para avisarle ¿no? En fin, este mes, por suerte, puedo amar.
En realidad lo de “mi vida” es un tanto exagerado, no es mi vida entera, sino los próximos cuatro o cinco años. Es increíble como pude esforzarme para conseguir lo que en su momento fue la gloria y hoy es mi coto.
Debe de ser que entre otras cosas soy hijo de un rigor buscado, será que me conozco bien.
Ojo, después de todo me siento bastante orgulloso de ser un engranaje subordinado. Por otro lado, es una muy buena excusa para los próximos meses en que no me dan ganas de amar “I`m sorry darling, I can`t love you because I work. You know”. El ente sabrá entenderme.
Dentro del papel que encierra un trozo de mi destino no están previstos mis amigos. Ay, los siempre estorbosos de mis queridos camaradas. Esto de ser humano con necesidades afectivas es un obstáculo para un pretendido engranaje sistémico como yo. En fin, me molesta pero deberé hacer algún hueco para querer, aunque más no sea un rato.
La parte tangible de mi Gobierno está en el papelito (la verdad es que ya le tomé cierto cariño, más vale así, después de todo me gobierna, y hay que tener buena relación con el soberano), la otra, porque hay otra, es digital, y es la peor. Ésta se encarga de los números, es decir que tiene el poder real. Ya se sabe, sin caja, no hay obras. Se trata de una serie de cuadros hechos en Excel (se llama Registro de finanzas, ¡que miedo!) que asignan los recursos que se generarán si cumplo con la voluntad del papelito. Yo no opino, el dinero va a parar directamente a donde dictamine ese Registro, administrador de mis valores. Este también es cruel, no incluye amor, cariño, ni siquiera sexo. Todo un tema, pero qué puedo hacer ya me sometí, ya firmé, ya soy esclavo del sistema que me inventé, o que adapté.

Agosto 2008

Matilda, yo y un pensamiento levemente ficcionado.

Forcé a Matilda a admitir que me quiere, y que me quiere mucho. Pero hay una cosa que dijo que puso un límite a esa profesión de cariño, añadió que me admira harto. Eso la coloca lejos de mis pretenciones. Puso una distancia física entre nos. Además cortó el diálogo con un certero “que descance”. Siempre es así ella, tajantemente diplomática. Ella sabe que nos amamos y que debemos empezar eso que a los dos nos rumea por la cabeza desde hace un tiempo; somos concientes de que tenemos que llevar a la práctica la idea de pareja disfuncional, que en realidad no deberíamos llamarle pareja. Para que esto último se entienda debería explicarme mejor, y es justamente lo que voy a hacer a continuación.
Ella ha llegado a la concepción de relación independiente desde la experiencia, yo desde la teoría, que no es otra cosa que la experiencia ajena.
¿Qué entendemos por pareja? Es la relación estrecha entre dos personas que llegan al límite de perder su identidad. A esto se puede llegar de maneras varias, como por ejemplo, a través del autoritarismo de una de ellas (Freud decía que si dos personas piensan exactamente lo mismo de una cosa, podía asegurar que era una la que pensaba por las dos); por medio de una mímesis involuntaria; o por una sumisión individual a una orden superior (por lo general a una religión; o valores arcaicos). Matilda ha padecido estos tipos de pareja. Ahora, después de muchos años ha llegado a la conclusión que nunca más puede permitir suprimir su identidad. Para eso debe buscar (no encontrar azarosamente) a una persona que sea cuanto menos liberal. Que conciba a la “pareja” como una sociedad voluntaria sin ataduras. Ella decidió buscar un novio, no buscar perder su libertad otra vez. Yo desde el otro extremo (el de la hiperidealización enfermiza del mundo que me rodea) busco estar con alguien cuando yo lo desee o cuando la otra persona lo desee. No quiero firmar ningún contrato, ni mucho menos someterme a un código impuesto desde una entidad supraindividual, como lo es el estado, o mandatos culturales, por ejemplo. He visto fracasar a innumerables parejas por someterse a las costumbres, por prometerse cosas incumplibles. Si no prometo, no traiciono. Si no prometemos no traicionamos.
Matilda sabe que si estamos juntos será porque lo queremos y lo elegimos a diario, no porque prometimos hacerlo, no porque se lo hayamos prometido a la iglesia o a un juez.
Nos queremos. Punto. Y sólo por eso debemos estar juntos.
Es natural que ella sea un poco cobarde, después de todo ha sufrido muchos golpes, han pasado tantos hombres que la han dañado… Además de mi juventud potencialmente peligrosa, y cierta mentalidad macabra que me atribuye*.
También es natural que yo lo sea, dado que estoy por salir del cascaron idealista; estoy por confrontar mi idea del mundo con el mundo concreto, independiente de mí. Un poco de miedo es admisible, pero no justifica la inacción. Matilda debe venir hacia a mi pero no porque yo lo quiera, sino porque ella lo quiere.
*Nota: Esta última oración no pertenece al texto original, es un agregado de último momento.

En tanto que…

En tanto que, en tanto que. En tanto que usted sea una mujer, en tanto que usted no me tema, en tanto usted me quiera, yo, seré su hombre, en tanto me quede vida, salud, raciocinio.

Informe sobre una pérdida. Débil justificación.

Me encuentro en una debilidad moral enorme. Mis valores me siguen guiando, pero las pasiones débiles terminaron ganando en dos ocasiones. Demasiado para mi score. No sé si la supresión del foco inmoralizador sea la solución, pero es una opción. No es la favorita porque no repararía ninguna de las acciones inmorales que he cometido.
Puta debilidad de querer acostarme con una tipa que no vale siquiera la saliva que se gasta uno al hablar. Acabo de asegurarme un telón de hierro entre la persona más maravillosa que trato en la actualidad y yo. Violé su intimidad por querer exhibir la mía. Inexorablemente nuestras intimidades sentimentalmente (de manera unilateral) se unieron. Es decir, la pretensión mía de que nuestras intimidades particulares se convirtieran en una sola, me llevó hacer algo que resultó en la pérdida de la confianza de un hombre excepcionalmente puro.
Soy conciente de que me miente, y que me oculta cosas, pero está en todo su derecho. Es más, ahora lo justifico y lo comprendo: no debe confiar en mí. Por lo menos por ahora. ¿Pero cuando debe hacerlo?¿Cómo saber que no reincidiré? Será mejor, entonces, que no lo haga nunca.
Que sea feliz por otro lado, tal y como lo está ensayando ahora. Yo veré si mejoro.

Tengo miedo de que esta debilidad desemboque en un fácilmente adquirible alcoholismo, drogadicción o suicidio. Creo conveniente expresar estas cuestiones para evidenciar (me) lo estúpidas que son.
Soy un pésimo escapista de situaciones incómodas mi conciencia me pesa demasiado como para pretender fugarme. Es más, en este momento me estoy reprochando esto que estoy escribiendo porque lo considero sesgado y escrito de modo tal que parezca que soy una persona honorable y que todos los errores que cometo tienen alguna justificación.

* * *
A vos:

Pequeño, te confieso las más atroces traiciones, y, en lugar de enojarte, te reís y me calmas. Sos superior. Con esa alegría te volvés tan impermeable… como me calmo y me entiendo cuando me tocás. Y me dejo hacer de todo, estoy dispuesto a lo que sea, me someto completamente.
En este momento te valoras más de lo que yo lo hago conmigo mismo. Veo que ahora crees en el amor. Te refugias en él. Que afortunados son; vos y ese que te ha hecho creer en esa cuestión tan rara y ajena.

Telepadecimiento

El reloj sonó a las 7.15. Sobresaltada me desperté y corrí al baño para mojarme un poco. Tiré cuanto objeto se me cruzó, incluido Francisco mi esposo. Una breve disculpa al pasar lo calmó, eso creo.
Por suerte vivimos a diez minutos el centro de la ciudad, por lo que no tardó en llegar un taxi. El estilo de vida en los suburbios se vive de dos maneras. Uno es el que llevamos nosotros, gente normal, de bien. La otra es un poco mas turbia, la de la gente que vive hacia el oeste. Hay que aclarar algo, no toda la gente del oeste es igual, también vive gente decente, los pasivos.
Estaba muy nerviosa, porque llevaba media hora de retraso. No estoy acostumbrada a dar explicaciones, detesto las excusas. Después de todo llevo más de diez años trabajando para el Sr. Tillar, no podía decirme nada. Entonces me relajé un poco.
Unas diez cuadras antes de llegar al estudio escuché en la radio del taxi algo así como un pedido de auxilio. Pensé que trataba de una broma entre compañeros. Luego aparecieron otras voces. Gente poco escolarizada que gritaba.
Otras voces se alternaban entre improperios y carcajadas. Yo no sabía de qué se trataba, pero me puse muy nerviosa. No pude sujetar mi imaginación y la sangre se me presentó como una mancha el tablero del coche. Pensé en niños en un velatorio; vertiginosamente pensé en el noticiero local, en un diario mojado por sangre coagulada encima de un cuerpo.
Sentí una puntada entre las costillas, el fuerte dolor me mareó. Mi mente se llenó de ruido e imágenes que a gran velocidad mostraban a una mujer muy parecida a mí, que trataba de defenderse. Gritaba y arañaba la puerta, quería salir. Pronto el grito se iba perdiendo, parecía ahogado. Daba la sensación de que su garganta se había llenado de sangre. Sin percatarme mi cuerpo vibraba. Sentí frío, luego calor, luego desperté.
Cuando volví a la pesada vigilia, las voces ya no eran de carcajadas, ya no habían insultos. “Llamen a la policía, fue en la rotonda”. El conductor frente a mi no se inmutó. Sólo dijo “¿escuchó?, un robo. Estos negros hijos de puta.”
Cuando ya faltaban dos calles saqué de la cartera dos billetes, allí me di cuanta de que mis manos sudaban en frío. “Tome déjese el vuelto”, le contesté. Lo que quedaba de camino, preferí hacerlo a pie. Necesitaba respirar aunque más no sea aire con smog.

El ocaso de un ídolo que era humano, demasiado humano. Detalle.Cuadragésima corrección

Hace unos años comenzó el proceso de alienación. La primera señal de eso fue mi perdida de fe. Me divorcié de toda creencia sobrenatural, me quedé sin dios. Luego vino mi sexualidad y el amor. Todo siempre igual, una fría y liviana soledad me tiró por el piso.

Mi vocación, puta esquiva, se desvirtuó, todavía hoy no sé quién soy, qué quiero, qué seré.

Podría decir que estoy solo y vacío, sin rumbo. Aunque en realidad a esto último si lo tenga, mi carencia pasa por mi falta de voluntad para ir hacia él.

La vida se ha transformado en un discurrir del tiempo más o menos ocupado, rompiendo promesas por doquier y especulando sobre el concepto que la gente tiene de mi.

Eso soy yo, una especulación, un concepto ajeno. Nada.

Me fui castrando placeres, fui prostituyendo valores y, lo peor de todo, me fui conociendo.

De toda la decadencia fui plenamente conciente, y no hice nada al respecto.

Viví vanagloriándome de mis férreos valores, de mi intachable conducta, viví en una ficción autocreada, inflamada, quizá, por adulaciones contraproducentes. No puse un filtro efectivo contra estas armas tan sigilosas.

Mi autoconcepto se fue forjando en base a idealizaciones de gente ignorante y mediocre, en fin, de personas.

Comencé a conocerme, a percatarme cuán persona soy. Mis limitaciones. Soy menos que una mierda con aspiraciones.

El vacío me empujó a explorar otra vida, aproveché mi bisexualidad latente para poder asumirme como homosexual ante todo el mundo. Conocí a gente bella y valiosa, hasta me enamoré de un homosexual; aunque fuera rechazado por él, lo considero un bello elemento. Será que me condené a estar con lo meramente alcanzable. Me volví así en un conformista. Humano. Perdón Friedrich no llegué. Perdón Ayn; perdón Rafael.

2008

Táctica y estrategia,de Benedetti

A riesgo de caer en una especie de benedettismo voy a postear una pieza del autor uruguayo que me llegó hasta donde ninguna otra pluma ha llegado. Se trata del texto Táctica y estratégia, poema simple, bello y poderoso. Hasta podría juzgarlo como práctico.

Táctica y estrategia
Mario Benedetti

Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos.

Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.

Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos.

Mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos

no haya telón
ni abismos.

Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple.

Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.

LA NOCHE DE LOS FEOS

MARIO BENEDETTI – LA NOCHE DE LOS FEOS

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido.
Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a
la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de
justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la
belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de
resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que
enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea
la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros
siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos
hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin
simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la
primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a
dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos,
vaya uno a saber. Todos – de la mano o del brazo – tenían a alguien. Sólo ella y
yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin
curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que
me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura,
que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante,
sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía
mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios,
su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo
héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo
lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También
para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad,
pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto
qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o
el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una
costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando
se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que
charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida
que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos
de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa
curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro
corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi
adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos,
tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente
su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos
mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a
uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó)
para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
“¿que está pasando)”, le pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual”.
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar
la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo
estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba transpasar la
sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme
a fondo.
“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”
“Sí”, dijo, todavía mirándome.
“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan
equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es
inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.”
“Sí.”
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo
lleguemos a algo.”
“¿Algo cmo qué?”
“Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay
una posibilidad.”
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
“Prométame no tomarme como un chiflado.”
“Prometo.”
“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro
total. ¿Me entiende?”
“No.”
“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la
vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?”
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
“Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.”
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí,
tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
“Vamos”, dijo.
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella
respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a
desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta que ahora estaba inmóvil, a
la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me
transmitió una versión estuimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus
manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme ( y arrancarla) de aquella
mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un
relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tube que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió
lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta,
convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos ( al principio un poco
temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus
lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y
repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados , felices. Luego me levanté y descorrí la
cortina doble.

Algo tengo que hacer

Ante mi falta de disciplina “lectaria” (¡¡¡qué asco!!! como se me escapó en su momento), decidí escribir. Escribir sobre lo que sea, incluso sobre mi indisciplina, hasta de mi falta de talento. Siento esas profundas decepciones propias del que se reconoce limitado, casto de imaginación y habilidad. En vano he intentado ser un forjador de frases hermosas en las que discurrieran ideas; pues ni lo uno ni lo otro. No puedo hilar ni la trama (?) más simple, ni llego a la hermosura, como queda evidenciado. Escribo tal y como leo, y, carajo, leo demasiado los diarios. Se me pegan como sarna las fases prefabricadas de esos torpes escribas que son los periodistas.
Ni siquiera tengo ideas frescas, todo lo pensado son rancias recetas ya probadas. Pero como no tengo imaginación (¡dios, es lo que intento patentar aquí!), no puedo dedicarme a otra cosa, tengo que escribir, aunque sea mierda, aunque sea esto.

Mi sueño, Matilda

Hoy no voy a dormir por miedo a soñar con usted Matilda. Por miedo a la confusión. Anoche, desperté tres veces; y en los tres intervalos de sueños ahí estaba usted. No suficiente con eso, en uno de ellos estuvo por partida doble. Sí, eran dos. En ese sueño nadie lo notaba. Le cuento si quiere, así, de paso no me duermo.
Estaba como acostumbro en mis ensueños en el lugar en donde ambos trabajamos, en el local, como afectuosamente llamamos los dos a ese antro. En un momento dado, usted pasó corriendo hacia la cocina y como siempre yo salí detrás pensando en el trayecto la excusa para hablarle. Cuando la alcancé, usted estaba con otra persona. Usted hablaba con Matilda. Era usted, otra vez. Dios. Ambas me miraron y me sentí completamente ridículo. Mire a los empleados para que se rieran, gritaran, se tiraran de los cabellos, no sé, que hicieran algo. Nada. Todo el mundo me miraba,  con cara de preguntarse qué era lo que me había sorprendido tanto. Ahí estaba, en medio de la habitación, librando una batalla interna entre el asombro y la tristeza. No sabía si gritar de la emoción de tener ante mí a mi amada dos veces; o de llorar hasta llegar a los espasmos por descubrir que la locura ya me había ganado. “¿Qué pasó joven?” me dijo, ya ni recuerdo cuál de las dos. Me quedé mudo y la tristeza ganó la batalla. Lloré dulcemente. Todos miraban al gerente que se había vuelto loco. Todos, empleados y clientes me miraron sin entender ¡Era yo quién no entendía nada! ¡Si gritaba su nombre y sólo una volteaba! ¡Volvía a gritar y la otra acudía! Ya no podía distinguirla a la verdadera (si es que la había), ya nada tenía sentido. Ya no la tenía, no sabía a quien amaba. A quién quería seducir con torpes artilugios propios de un jefe obsesionado.
El sueño fue desesperante, desperté por fin de lo que no sabía que era, si una pesadilla o un sueño significativo. Me acordé de su amado lacanismo y se me ocurrió preguntarle qué sentido tenía todo aquello. Pero después desistí, no vaya a ser que me leyera el enamoramiento. Prometí no dormir hasta no hacer público mi aplomada pasión por usted. Tortuosa como todas.
Desde entonces que no duermo. Esperándola, aguardando que me devele el significado de eso que ni siquiera sé a ciencia cierta si merece ser creído.

Te amo ¿y qué?

Me sinceré. Se terminó el ensayo y el resultado es el esperado. No puedo estar con una persona a la que solamente quiero.No fue difícil ser directo. Sigo enamorado como siempre de la hermosa persona que es el niño M. Todo esto me enseñó algo muy valioso: en vano hago intentos de acercarme al ángel de carne, en vano es porque él no me ama; y es más que difícil acercarse y mantener una relación con alguien al que solamente se quiere (en este caso, me tocaría a mi ser “el solamente querido”).Con lo aprendido, mi actitud se modifica. Dejaré que todo fluya. El amor tiene que nacer en él, de él; yo no puedo interferir. Tonto es querer hacerme merecedor de algo. En este caso la cosa es o no es; existe o no.El amor no se genera. Nace por sí mismo, sin provocación alguna.Además soy muy torpe como para manipular a tan púrpura ser de manera maquiavélica. Lo arruinaría todo.Lo amo y por eso lo respeto, y lo espero.¡Pero que bello es, que puro!
No pocas veces, me he propuesto no idealizarlo, pero es inútil, es un ser superior quiera o no quiera yo.

* * *

El sentido de la oportunidad es virtud de los que triunfan. Yo no lo tuve (y ciertamente tampoco lo tengo), fui un lento. Por supuesto que el expresarse “a tiempo” (cualquiera este sea) no puede generar sentimiento alguno. Pero sí es vital si el sentimiento ya está generado.
El sentimiento no es nada sin la oportunidad; y viceversa claro.

* * *

Casi se me escapa de las manos el trato dispensado al magnánimo niño M. Al no ser correspondido, lo maltrataba ¡Pero que infantil!Afortunadamente de ese grueso error aprendí. Ahora, me limito a mantener un trato gélido (lo que no necesariamente quiere decir malo).Pero es innegable, (por cierta decencia que aún guardo) debo ser honesto. Si una lágrima se deslizase por su poroso e imperfecto rostro, destriparía -sin el menor remordimiento- al animal (hombre, objeto; da lo mismo) que se lo provocase. Aunque él no lo autorizara, lo haría.
Una canción de Adrián Nievas dice:

Dame un lugar,

sólo dejame acariciarte (…)

No te asustes, serán

mis brazos los que encierren tu tristeza.

Yo guardaré mis emociones,

yo no diré cuanto te quiero.

Bello trozo de sublime creación, sin dudas un canción poética.Lo protegería contra lo que sea. Mi piel ya esta curtida con un vida sin concesiones, la de él es delicada y virgen; y lo hermoso, señores, debe preservarse.Le rindo culto a esa excelsa muestra de existencia, carente del vicio humano más vil, la mentira (aquí otra vez mi idealización).
Una canción de otro Adrián (no menos ambiguo), en este caso Dárgelos, dice:

Para enamorarme

no necesito tu consentimiento.

Categórico, no se necesita que el otro sienta lo mismo. El amor es unilateral. Lo es el amor y todo lo que dé emerja.

Es por eso casi no le dirijo la palabra, evito así abundar en excusas que nadie me pide.

Si él leyera esto, ahora, le diría:

“Te amo, y no tengo que pedir ni perdón ni excusarme. Te amo porque sí. No adoro a ningún dios, ni ídolo. Rindo culto a tu persona. Me rindo, y espero. Sé que estás muy bien acompañado y con eso (para mi un objeto no una persona, o mejor dicho un animal) no compito, pierdo por todos los campos. Pero sabés qué, ningún amor (ni siquiera el mío) es para siempre. Espero ansioso, el momento de la extinción.Y si la muerte, puta imprevista, me sorprende, tanto mejor. En cualquier caso perecería idealizándote. Me iría sin conocer tu parte humana, te conservaría impoluto en mi atrofiada mente.
Ah, te amo. Te amo porque si.”

¿Pero con qué objeto le diría todo esto. Si por más palabras bellas que brotasen de mi boca, no causaría el más mínimo surgimiento de sentimiento? Como dije más arriba, algo de honestidad me queda. Esa es otra cuestión mía.

Rafaelito Parte I

¿Quién puede culpar a Rafaelito por haber estado con alguien al que sólo quiere? ¿Quién puede condenarlo por no haber querido estar solo? ¿Quién puede acusarle de conformista porque renunció a lo supremo por lo alcanzable? Nadie excepto él mismo, y lo hacía de hecho. Estuvo siempre al tanto de sus acciones, pero ya nada ni nadie le importaba demasiado. Incluso, ya no temía tanto que su hermana se enterara de su historia.

Rafaelito caminaba sobre la plaza camino hacia cualquier bar que estuviese abierto. Iba por la avenida San Martín cuando decidió que seria más conveniente irse a tomar un café y anotar algo en alguna servilleta que le sirviera de soporte, de confidente. Amigos casi no tenía, de hecho la única amiga era su hermana que se encontraba a mas de 500 kilómetros; y no iba a contarle, justamente a ella, que no sólo había tenido una relación carnal con su amor lejano, sino que también, ese hombre, se había conformado en el amor inalcanzable de é

l.

¿Cómo decirle a Isolda? Mejor se lo diría a la sepulcral servilleta blanca. No era la culpa lo que lo hacía sentirse mal, era la decepción que experimentaba, era la soledad, era la tristeza de la resignación. Se había vuelto un hedonista, y no había hecho nada por evitarlo. Se estaba sintiendo mal y no estaba haciendo nada para impedirlo; se había descuidado, no quiso protegerse, quiso matarse.

“Me temo lo peor, temo que me he entregado a su moral, a sus costumbres. Ni siquiera estoy en pareja, estoy saliendo con alguien—como si hubiera diferencia entre ambas instituciones huecas e inexistentes en la práctica—. Esa historia, que debió permanecer enterrada. No sabía que lo conocieras, él no sabía quien era yo. Pasó, lo disfruté… pero todo acabó cuando vi su foto en el blog. Era él, el inalcanzable…el mismo, en la misma proporción para ambos”

Tomó la servilleta que contenía el registro de sus sentimientos, eso que todavía su hermana no debía enterarse, la arrugó y la introdujo en uno de sus bolsillos. Era de tarde y el crepúsculo amenazaba, la ciudad se aprestaba para silenciarse hasta el otro día. Eso le gustaba a Rafaelito, odiaba a Mendoza tanto como su hermana. “Esta maldita ciudad de mierda”, como solía decir, apesar de todo, le había dado la tranquilidad que necesitaba para pensar, para vivir. También le proveyó de unas noches hermosas que lo marcarían.

Se dirigió a la plaza Independencia, los artesanos estaban fumando y tomando mates. La música aturdía cerca de los parlantes. Por suerte para él, las palomas y las ratas dormían tranquilos en los árboles, para su desgracia, los turistas y los nativos pululaban demasiado cerca. Isolda, Pantaleto, Damian, Miguel… nombres cargados de una significación que ni ellos imaginaban. Entraban en lo más hondo de aquel frágil cuerpo, le carcomían la mediocre cabeza. Por ellos, los pensamientos del joven le pesaban, le impedían vivir.

Pantaleto nunca se volvió a comunicar directamente con Rafaelito, después de aquellas noches, algunas en La Plata y otras tantas en Mendoza..

En La Plata

Lo había conocido en un pub alternativo en medio de un tumulto electrónico. Era un diseñador gráfico que físicamente era poco menos que atractivo. Delgado de fuertes ojos azules; de nariz prominente y boca generosa su cara tenía una apariencia amable e inocente, hasta estúpida en ocasiones. Extrovertido hasta la exasperación, a veces llamaba en demasía la atención de quienes los circundaban. Era simplemente uno de los tantos tipejos que se encontraban hacinados en aquel sucucho cool. No se podría precisar el momento exacto en que ocurrió, porque ni los actores participantes podrían hacerlo, pero súbitamente se encontraron, Pantaleto y Rafaelito, hablando distendidamente en una de las tantas mesas. Si bien la orientación sexual no suele ser una tarjeta de presentación, en estos lugares sí lo es. El saber la condición de gremialista de Pantaleto lo convirtió, a ojos de Rafaelito, en una persona más interesante. Ambos tenían eso que suele causar envidia en el ambiente: el recato. En aquella charla entre borrachos, el campo visual de Rafaelito se acotaba a los labios de Pantaleto, luego fueron sus ojos claros —no por su color sino por límpidos, inocentes, vivos y felices—. La noche pasó y quedaron en volver a encontrarse.

Rafalito quería evitar a su hermana residente en la ciudad, no por ella sino porque quería sentirse con la libertad y la emoción de descubrir ese lugar. Se encontró con Pantaleto en la confitería del Automóvil Club Argentino en la calle 45, entre la 5 y la 6. “¿A qué atribuírselo sino a la química?”, se decía el joven. La conversación fluida terminó en la cama de un hotel céntrico cercano. Las noches se repitieron, la comunión se acrecentó. Nunca, ninguno de los dos, mencionó nada acerca de la separación evitable. Evitable porque ninguno de los dos tenía cadenas lo suficientemente fuertes como para poder impedir un desarraigo amoroso. Sus vidas eran realizables en cualquier lugar del planeta. Rafaelito volvió a Mendoza sin siquiera despedirse de su hermana, la amaba, pero ella había tenido que viajar hasta Buenos Aires para entrevistar a Scioli, que estaba en la Casa Rosada. Mucho menos lo hizo de aquel adorable tonto del ni siquiera tenía el número telefónico.

Pantaleto, el encantador payaso de ojos transparentes, quedó persistente en la retina de Rafaelito. Fue una semana, fue una pequeña vida; y como tal debía terminar.

No hubo mails, no hubo llamadas, con las imágenes de su memoria bastaban para que Rafaelito empezara a sufrir. El niño más interesante de su corta vida había quedado a más de 500 kilómetros sin ningún puente de comunicación.

Mendoza

Mendoza era aburrida para él, pero tenía cosas buenas. La Reserva era una de ellas. Un localcito remodelado con buen gusto. Pub de los buenos en donde la música no ensordece y el cigarro es cosa de la vereda, provista de asientos para los viciosos. Cada vez que Rafaelito tenía ganas de matarse, para evitarse el tedio caminaba hasta su templo: La Reserva. Un viernes santo Rafaelito fue hasta su templo para no deprimirse más de lo conveniente. Se sentó en la mesa de siempre, la treinta y uno, (la circunsatancias por la que sabía el numero no vienen al caso) y acompañado de su Cuba Libre, hizo un paneo por el pub. En la barra estaba un muchacho de pelo casi rubio, de ancha espalda y nariz prominente. Estaba solo con un trago blanco en la mano. El muchacho grande nariz levantó la mirada para dirigirse hacia el baño, mostrando su cara al solitario muchacho de la mesa 31. Era él, Pantaleto. Había viajado a realizar un curso en la Universidad de Cuyo. Mediaron miradas, palabras, pasos y un sentido abraso. Era evidente que se habían extrañado. El niño Rafaelito sintió que la sangre de todo su cuerpo se había concentrado en dos partes, una de ellas era en su cabeza. Se le vidriaron los ojos aunque haya querido evitarlo la voz le temblaba, afortunadamente su habla entrecortada no se oía bien debido a la música. Esa noche no hubo sexo.

Caminaron media cuadra para ir a tomar un café a una estación de servicios contigua al ACA Mendoza, un lugar en donde no es raro encontrarse a dos hombre hablando con proximidad casi escandalosa.

Tuvo que admitirlo, lo extrañó. Su visita inesperada había exaltado sus sentimientos de adolescente primerizo, temía amarlo en un tiempo poco prudencial.

Continúa.

No te acuerdes de mí, perdete el celular en el orto!

El mensaje llegó a las 4 de la mañana. Estaba bien tranquilo mirando una excelente película que pasaron en el canal de aire mas visto. La madrugada anterior había estado besuqueandome con Raúl, habíamos peleado porque violó groseramente mi intimidad, tonto yo que ciertamente lo permití. Retomo el mensaje, decía textualmente: “Toy en tu barrio! En una fiesta dl padre d un amigo.. No me preguntes dond, pero mucha cumbia y cosas así. Muy bueno!” ¿Con qué necesidad?”¿Por qué no te callas’” Estaba muy tranquilo; de bronca apague el celular y lo tiré a mierda.

Seguí viendo la película con toda la calma que pude sostener. Terminó Hombre en llamas y me fui a dormir, debía levantarme más o menos temprano aquel pesado lunes feriado.

Recordé que lo amo (sí, en presente). A pesar de que mucha carne ha pasado por mi. Muchos fluidos han querido persuadirme con estériles placeres. Tomé el celular, lo encendí, e intenté expresarme a través de un mensaje en borrador. Me fue imposible prescindir de las palabras cursis y empalagosas. Volví a ser quinceañera, tuve que tirar el celular porque un ataque de lágrimas me alcanzó. Lloré no sólo con los ojos, como de costumbre, sino también con la cara, con mis manos. Me castigué con imágenes que nunca debí ver, escenas que estaban enquistadas en mi memoria. Esas imágenes que registraban su felicidad con aquel muchacho de bien, me desgarraron. Caer en la cuenta de que no existo, no soy su realidad. Saber que se acuerda de mi salvo cuando me ve, o cuando ve algo relacionado a mi condición. No broto en su cabeza porque sí. No. Soy esa persona interesante, prescindible, que tiene muchos problemas, el pobre tipo.

“Perdete el celular en el orto!”, pensé. Intenté enojarme, odiarlo, pero no; eso es tonto e innecesario, impracticable también diría.
Sólo “te amo” repetido hasta el hartazgo, hasta la afonía mental. Sequé mi mojada cara, me tapé y la relajación se abalanzó de tal manera que no me di cuanta de cuando quedé dormido, tranquilo, aliviado.
Hoy lunes de plomo, estoy mejor. Lo veré y lo maltrataré como siempre, me pedirá explicaciones que son evidentes para todos.

Un diminuto final. (Título robado a una canción de Adicta)

¿Qué cosas no? Habiendo tantas cosas lindas sobre las que escribir, el hermoso y genuino otoño que cae sobre la conservadora Mendoza, por ejemplo, y yo, tonto elegí hacerlo sobre una efímera relación.

Éramos dos personas muy diferentes, nuestro final estaba escrito desde el mismo momento que decidimos formatear nuestros actos, darle una estructura formal. Estaba escrito, para hablar con más precisión, en una toalla de papel.

Juntos no hicimos grandes cosas, solamente la pasábamos muy bien. Precipitadamente hicimos algunos planes que parecían viables, pero éramos tan distintos…

Uno que es civilizado puede llegar a decir: “Bueno desde la diferencia se construyen grandes cosas, así nació Estado Unidos”. Pues bien, pero que una sola de las partes sea gente abiertamente tolerante no basta. Con el cariño tampoco.

Terceras personas se infiltraron en el incipiente ensayo de relación. Gente cuya última finalidad en la vida era hacerla llevadera, no buscaban ser felices, no sufrían un poquito siquiera; no tenían el menor indicio de decencia. Todo era, es y será, placeres bajos. “¿Un libro?”. “Por favor, quiero vivir”, decían. De esa gente se rodeaba él, así era él. Nuestros diferendos se produjeron justamente por la participación (y no digo la culpa porque la culpa no fue mas que de nosotros) de esa gente de mínima ilustración.

Afortunadamente no aposté sentimientos que pudieran llegar a perjudicarme, quizá no lo haya hecho justamente porque estaba convencido de lo que escribí en aquella servilleta: “somos tan diferentes, más temprano que tarde esa diferencia va a ser insalvable. En lo esencial somos opuestos, no compartimos los más fundamentales valores”.

Así fue, faltaba una básica maduración y respeto.

Ya tenía previsto que mi primera relación duraría poco; dos meses fue más de lo que esperaba.

Recuerdo la primera discusión. Se desató porque no tenía mucho tiempo durante la semana para verlo. Claro, pués tenía obligaciones con mis estudios y con el trabajo (donde por suerte estaba adquiriendo cada vez más responsabilidades). Él no entendía eso, estaba dispuesto a dejarme. En ese momento era lo mejor que podía pasarme. No había experimentado nada todavía. Llegamos a un acuerdo, yo iba a descuidar un poco mis responsabilidades académicas para verle. Grave error.

La segunda, más fuerte, fue casi terminal. Surgió de la nada, como todo. Nos disponíamos a salir con una pareja amiga. A último memento se sumó, inesperadamente otra persona que “ignoraba” (era evidente que sabía) nuestra relación. La discusión se desató cuando planteé que fuésemos igual, aunque tuviéramos que fingir que éramos amigos. Él se rehusó. Propuse ir a otro lugar, también se opuso. Entonces enardecí de cólera y me fui a casa. Por su puesto que lo saludé, como corresponde. Estar enojado no equivale a ser un maleducado.

A los días me dijo que su intención era que fuéramos a un alojamiento a agotarnos ejerciendo el acto proveedor del placer hondo que ambos extrañábamos. No me lo dijo hasta después. La falla: una pésima comunicación.

La última riña y la definitiva, fue causada cuando llamé la atención a su mejor amiga. Resulta que todos trabajamos en el mismo lugar, pero no todos somos iguales, yo tenía mas responsabilidad. El problema suscitado en el ámbito laboral se trasladó a la vida personal, a nuestra relación en concreto.

¿Qué otra prueba de inmadurez necesitaba? Ninguna, la relación ya estaba muerta. Prefiero el aborto selectivo. Decidí matar al engendro antes de que produjese daño a alguno de nosotros dos.

Él me dijo, antes de que le cortara el teléfono, que el haber estado conmigo fue una total perdida de tiempo. (Pobre no podía expresar sus sentimientos más que con lugares comunes, siempre tuvo eso de hablar con frases prefabricadas). Yo no puedo decir lo mismo, fue mi primer hombre. Con él experimente lo que se sentía besar una barba, raspasme y que eso me cause placer. Ese descubrimiento se lo debo a él.

Seré un frío, pero no un malagradecido.

Miercoles sepia

Miércoles, 18:50 estaba bastante oscuro. Mendoza, calle Salta entre Buenos Aires y Entre Ríos. Había un local de unos tres metros de frente y unos cuantos más de profundidad. Separaba a un hombre que estaba adentro del exterior un sucio vidrio. El cristal, que ya tenía poco de transparente, dejaba a uno la impresión del abandono, de la dejadez; sobre todo si se tenía en cuenta los avisos clasificados, pedazos de papel rasgados y amarillentos con manchas de hollín. El hombre que estaba adentro no tenía por qué estar allí, salvo que fuese un fantasma, un espectro anacrónico, perdido entre las épocas, errante en esta realidad.

Junto al ventanal del frente había una mesita de apenas unos pocos años menos que quien la ocupaba. El hombre sentado parecía muy ocupado, no miraba otra cosa más que un papel amarillento. En realidad, el papel debe de haber sido blanco, pero la luz amarillenta lo hacía parecer todo sepia. Justo detrás del anciano estaba una mesa con cuatro pilas de lo que parecían ser diarios viejos. Todo parecía indicar que ese local fue, en algún momento, una receptoría de avisos clasificados, era evidente que ese negocio había sido abandonado desde hace mucho tiempo. El polvo y la humedad lo habían ganado todo, incluso al hombre.

Tenía contextura muy delgada y era calvo. Tenía una camisa con rayas de color rosa. El pantalón no se le veía pero seguramente debió de ser marrón y sus zapatos negros.

Una persona que pasaba por la vereda se quedó atónita observando aquel hombre que no debía estar allí, no debía porque ese negocio ya no era tal, sólo era un cadáver de lo que debió ser un prolífero negocio, un cadáver ya descompuesto en su mayor parte. El transeúnte siguió escrutando la habitación y se percató de que no había otra puerta, y de que la única estaba cerrada con una cadena y un candado externos muy oxidados; a simple vista se notaba que no había sido abierta durante años. Muy extrañado, no asustado, apuró el paso y se fue sin voltear.

Otras veces volvió a pasar por el lugar y este seguía tan cerrado como debió estarlo siempre. La cadena tan herrumbrada como aquella vez. El transeúnte no cree en cosas paranormales, cree que aquel sujeto había estado allí en aquel momento. No todo lo que momentáneamente no tenga explicación, tiene que ser necesariamente irreal, fantástico o sobrenatural.

Volvé Miguel

Ay si Miguel, me mirara otra vez… si me volviera a ver como mira un nene de doce años a su “seño” de Lengua… Quisiera probar otra vez, quisiera verme obligado a relegar a Pantaleto. Quisiera estar acompañado alguna vez: para hacer algo, o para hacer nada, o simplemente para estar.

La relación con don Miguel, está freezada. Ya han pasado dos largos años desde nuestro “nosécómollamarlo”. Él, en aquel entonces, eligió a todo un hombre para que lo acompañase; un tipo grueso, hermosamente pelirrojo. La verdad es que no lo culpo, yo también me hubiese cambiado por aquel mamut rojo. Por lo menos si debiera juzgar a partir de las apariencias; pero el muchachote resultó ser un engreído niñito de bien, con pésimo gusto para la música, nulo gusto por ciertos placeres que yo sí comparto con don Miguel, como por ejemplo la buena lectura. Además a este muchacho le importaba un pepino los extraordinarios collage que hacia el Don, otras de sus pasiones. Son realmente bellos, no sé por qué, no sé cómo, pero encierran siempre una idea.

Apenas terminó nuestra nada, me sentí traicionado. Arremetí contra él, pensaba que era un marica cobarde que no fue capaz de decir: “Rafa, nuestra nada se acabó, ya no quiero conocerte; estoy saliendo con alguien”. Saqué algunas cuentas y descubrí que mientras estaba histeriqueandome, también debió de hacerlo con el bello Zanahoria. Uno no se ennovia en unos días. Jugó a dos puntas, pero ya no importa eso, el enojo ya pasó.

¿Puedo culparlo, puedo hacerlo responsable de mis ilusiones y mis proyecciones estúpidas y quinceañeras? No. Yo fui el que ya se veía viviendo con un tipo lindo, simpático e interesante. No sujeté a tiempo a mi imaginación y se fue por lugares inaccesibles. Pero de eso fui yo el único responsable.

Hoy quizá Don Miguel sea una buena solución. Está solo y un tanto desesperado. Quizá me ayude, quizá me tienda de vez en cuando un brazo, me preste sus labios y hasta quizá me quiera. No sé, pero ojalá que vuela Miguel, ojalá que se inserte en mi vida y me distraiga; yo puedo servirle para lo mismo.

Soy una cosa patética. Con don Miguel había (hay en realidad) una química indescriptible; en cambio, con Pantaleto, siento impulsos insolentes, peligrosos, una química voraz. A él lo amo, a don Miguel no. Aun así, espero alguna señal de él, aunque más no sea para entretenerme.

Rafaelito Alonso

Marzo 2008

Webeando

La verdad es que la hice muy fácil. Cargué Google, puse rafaelito y me puse a chusmear  un poco sobre los resultados.
Entre todas las porquerías que encontré, hallé un cuento. Ahí va.

RAFAELITO

Por: Nikoláy P. Polozháev

El pequeño Rafaelito pasaba por el período más difícil de su vida – en el colegio empezaron las vacaciones. El mundo se redujo a la cerca del patio de la casa de sus padres. Rafaelito apenas tenía seis años, pero a su poca edad ya había conocido muchas cosas interesantes. Así sabía que en el mundo, además de su casa y el colegio, existían muchas calles donde siempre había movimiento, mucha gente y mucho ruido. Un día él se escapó de la casa y logró explorar dos cuadras de la calle antes que lo alcanzara la sirvienta de la casa. Si su mamá hubiera sabido de aquello, Dios sabe qué habría podido pasarle a ella. Además, Rafaelito conocía otro lugar – el club a donde sus padres lo llevaban a veces. En el club se podía jugar con otros niños. El recordaba también que en las Navidades lo habían llevado a la casa de su abuela que vivía en otra ciudad – una casa grande de tres pisos donde Rafaelito el día entero corría por las escaleras de arriba abajo y la abuelita le gritaba: “¡Cuidado niño! ¡Te vas a caer!”.

Ahora todo aquello quedó muy lejos. Su papá estaba ocupado todos los días (el papá de Rafaelito era un buen abogado y la mamá decía que era un gran hombre), la mamá también estaba ocupada – no se separaba del teléfono o de sus roperos. Así que el niño jugaba en el patio con el perro, aunque eso no le gustaba a la mamá, o estaba junto a la cerca mirando por la verja el mundo exterior, eso le gustaba a su mamá todavía menos.

En el cuarto de Rafaelito reinaba un estancamiento completo. Perros, osos, elefantes, jirafas de todos tamaños – ¡qué animales no se encontraban allí! – estaban tirados en los estantes y en el piso. Todos los “ejércitos” con sus tanques de guerra, artillería, helicópteros y aviones de combate, quedaron inmóviles celebrando una tregua prolongada. En el ferrocarril de juguetes estaban parados los vagones y locomotoras como si hubiera declarado la huelga.

Hacía tiempo que Rafaelito estaba aburrido de todos sus juguetes. El ocupaba su posición junto a la verja y exploraba la vida de la calle. En pocos días conoció a todos los perros errantes de la calle y sabía, por ejemplo, que aquel perro flaco y largo con una oreja rota era el “jefe” y aunque había perros más grandes, todos le tenían miedo y respeto.

En aquella esquina solían reunirse los muchachos limpiabotas. Cuando ellos no tenían trabajo se juntaban en aquel sitio, se acomodaban sobre sus cajas y latas vacías y con aire de importancia discutían sus problemas. Rafaelito moría de envidia y hubiera dado la mitad de su vida por tener una caja con cepillos y ser tan independiente con aquellos chicos.

En la calle de vez en cuando aparecían otras “personalidades” interesantes. Cuando se oía “¡Botellero!”, Rafaelito corría a la cocina y le pedía a la cocinera dos o tres botellas vacías – después pasaría el “barquillero” en la bicicleta con una campanilla y él podría comprar una barquilla. Y cuando pasaba el vendedor de legumbres, la sirvienta de la casa encontraba que hacer cerca de la verja, hacía tiempo que el niño notaba esa coincidencia.

En una o de aquellos días en la casa surgió una persona nueva, un muchacho de seis o siete años. Rafaelito lo presentó a su mamá:

- Mamá, es José, mi nuevo amigo. El va a jugar conmigo.

La mamá con asombro extremado, examinó al nuevo amigo. Era flaco y moreno, vestía pantalones cortos y llevaba chancletas de goma; en la camisa ya no se adivinaba su color original. Con toda su apariencia él obviamente no armonizaba con el interior de la casa.

- ¡Dios mío! ¿Tu amigo? … ¿Pero de dónde?

- De aquella calle – murmuró el niño muy contento -. Se llama José. Yo voy a jugar con él.

-  ¡No faltaba más! – la mamá volvió en sí y alzó la voz -. Isabela, acompaña a este niño a la calle…

En ese momento el papá de Rafaelito salió de su despacho.

-¿Qué está pasando aquí?

- Mira, a quién trajo de la calle tu hijo. Un vagamundo típico. Debe ser hijo de uno de esos borrachones…

- No exageres, mi amor. Son niños. Déjalos que jueguen.

-¿Cómo tú puedes decir así? Ni siquiera sabes de dónde es este tipo.

La mamá estaba indignada, pero el papá sonreía. Rafaelito y José movían las cabezas mirando ora al papá, ora a la mamá.

- No te preocupes – dijo el papá -. Este “juguete” le va aburrir como cualquier otro. Déjalos. Mira, Rafaelito ya casi llora…

En efecto, Rafaelito estaba a punto de recurrir a su arma probada.

- Y cuando ellos terminen, dile a este muchacho que me lave el carro, esta noche voy a salir.

La mamá se encogió de hombros y disgustada se retiro a su habitación. Rafaelito cogió la mano de José:

- Mi papá es un gran hombre. Vamos a jugar.

En el cuarto de Rafaelito se rompió el tedio. Se levantó la “huelga”en el ferrocarril, todos los vagones se pusieron en movimiento. El “ejercito” de Napoleón Bonaparte declaró la guerra a los “guardianes del espacio”. Operaciones bélicas terminaron con la pelea personal de los “jefes militares” – perros, osos, elefantes volaron por el aire.

Cuando se hizo la paz, Rafaelito sacó su juguete preferido – un pequeño carrito electrónico. Era un carrito mágico y muy inteligente, avanzaba por el piso intermitiendo luces de distintos colores, de pronto se paraba, “pensaba” un instante y bruscamente cambiaba de rumbo; cuando se acercaba a un obstáculo, sonaba la bocina y el carro retrocedía. A veces inesperadamente se apagaba y había que gritar o silbar para que nuevamente se pusiera en movimiento.

De vez en cuando ese carrito del cuarto de Rafaelito y huía por el pasillo. Los niños echaban a correr detrás de él.

“¡A la derecha!”- gritaba uno, “¡a la izquierda!”- gritaba el otro, pero el carrito daba media vuelta y … se apagaba.

Pasadas dos horas, los muchachos ya estaban roncos de gritos.

La mamá no salió de su habitación. El papá se asomó una vez por la puerta de su despacho, miró a su hijo con una sonrisa y se encerró de nuevo.

Al día siguiente Rafaelito desde la mañana esperaba junto a la verja y cuando vino José, lo llevó a su cuarto donde le enseñó sus libros de muñequitos. José jamas en su vida había visto cosas tan bonitas. Después comenzaron las guerras, carreras, gritos.

Al tercer día todo ese idilio tuvo un término tan inesperado como el comienzo. En cuando José apareció en la casa, se encontró con la mamá de Rafaelito. El niño se asomaba atrás de su mamá.

- Miren a este sinvergüenza. Ha venido como si no hubiera ocurrido nada – exclamó la mamá mirando a José de arriba abajo. Desconcertado, José miró a Rafaelito. Este le explicó:

- Se perdió el carrito mágico. Lo buscaron y no lo encontraron en ninguna parte.

El papá salió de su despacho.

- ¿Qué es lo que está pasando?

- Vino ese ladroncillo como si tal cosa. Desde el principio estaba claro que era de esa gente sospechosa de algún barrio. Esos miserables mandan a sus hijos a robar para tener de que beber. Hay que llevar a este tipo a la policía para averiguar quiénes son sus padres.

- Yo no robé nada – murmuró José asustado y miró al papá de Rafaelito.

- Está bien, no tengas miedo. Yo no voy a llevarte a la policía. Puedes ir ahora a tu casa. Pero antes de que te vayas, quiero decirte algunas palabras. Mira – el “gran hombre” le mostró sus manos -. Todo cuanto yo tengo – mi casa, mi carro, mis negocios – todo eso lo gané con estas manos trabajando honradamente…

José miró dos manos blancas, bien cuidadas, con uñas pulidas, con anillos de oro, y las comparó con las de su padre, que eran nudosas, con una piel arrugada y prieta de sol y de tierra – las manos de un trabajador.

- … Tienes que aprender para toda tu vida – continuaba el “gran hombre” con tono ejemplar, buscando palabras comprensibles para el niño -, que Dios ayuda sólo a la gente honesta. La gente ingrata y deshonrosa lleva una vida miserable coma la de tu padre que ni siquiera tiene con que comprar ropa para su hijo…

- ¡Mi padre no es ladrón! – gritó José. Las lagrimas brotaron en sus ojos. Salió de la casa corriendo y se fue por la calle llorando por el agravio.

… Pasó una semana. Rafaelito abandonó sus juguetes – le era aburrido jugar solo, volvió a su “puesto de observación” junto a la verja. He aquí, un día vio a José. Ese iba por la calle con un paquete de periódicos y de vez en cuando gritaba:

- ¡Noticias! ¡Noticias!

Rafaelito saltó de alegría.

- ¡José! – gritó él -. ¡Ven acá!

José se detuvo frente a la verja.

- Sabes, el carrito mágico lo encontraron en el cuarto de la sirvienta debajo de la cama. ¡Vamos a jugar como antes!

José vaciló un instante, escupió la acera y mintió:

- Mi papá me compró un carrito mejor que el tuyo-

Prosiguió el camino.

- ¡Noticias!

Rafaelito le seguía con la mirada apretando la cara contra las varillas de la verja y parecía en aquel momento un preso. Y es que él de verdad se sentía como un preso.
FIN geovisit();

La decisión de mi arbitrario dioS.

Estoy acongojado. Una persona, muy querida, pero que ocupa un lugar indefinido* en mi vida, va a dejar la cosa que más ama: el periodismo.

Su intento de emancipación le va a costar un pedazo de su ser. Estoy seguro de que esto lo va a entristecer hasta lo insoportable, no sé qué será de él. Me ha dicho que estudiará superficialmente alemán, hará un curso de literatura y hasta se meterá en un taller de teatro. Todo esto no es más que relleno, todo positivo, pero insuficiente. Todo en vano.

El curso de alemán puede que lo ayude un poco, pero un taller de literatura no mejorará su tosca prosa. El taller de teatro merece un análisis aparte. Este tonto (con todo respeto) querido quiere extrovertirse (para qué, dios mío!!!), quiere aprender a expresarse en público; en definitiva, quiere perder lo que para mí es un encanto.

Ya es su segunda carrera pospuesta y me da miedo lo que pueda hacer, temo que deje de pretender cosas para su futuro, es más, temo que resigne su futuro y se dedique a vivir un imperecedero presente.

No puedo más que expresar mi angustia, ya que la desición que tomó es irrevocable.

* Indefinido, no por causa de lo que él representa para mí. Sino porque no tengo esa cosa llamada “vida”; yo no sé nada de esto, o, en todo caso, mi “vida” es como ésta persona quiere que sea. Es, en realidad, mi arbitrario dios. Pero él no quiere que yo lo diga directamente.

***

Oh! Creador mío, te respeto y no reprocho. Te amo, por eso no te cuido. Que tu amplia sabiduría empape tus dediciones, y si no, Amo eterno, sufre las consecuencias.

Rafaelito, tu siervo, tu insolente creación.

Emilio

Leía sobre la poética en las canciones de rock; en ese momento recordé un dialogo con un amigo sobre la hermosura de algunas letras de García (Carlos Alberto) y de lo malo que me parecían las letras de, por ejemplo, Pitty Álvarez, de Intoxicados. En particular una: “Nunca quise”. En esa ocasión analicé (o por lo menos intenté hacerlo) una frase concretamente, que aun hoy no entiendo: … “y estoy orgulloso de quererte romper / la cabeza contra la pared”… En el videoclip de esta canción, al terminar, puede verse a dos muchachos (hombres los dos) besarse de una manera erótica, hasta casi pornográfica.

De esta escena se me ocurrió pensar en cómo debe de estar redactado el aviso en los clasificados en donde se solicitara a los actores que estuviesen dispuestos a besarse de manera tan brutal (yo estimo, que debió de decir, en alguna parte, algo así como: “se busca actor, preferentemente homosexual”).

Esto me llevó, impulsivamente, a que realizara una tonta investigación sobre avisos de castings para video clips. La idea era identificar a los avisos de los videoclip cuando estos salieran al aire en algún canal, siempre guiándome por los perfiles buscados por los productores.

Luego ese intento de investigación se desvió. Comencé a buscar, por una inquietud anterior, precios sobre hombres y mujeres que ofrecen servicios sexuales, probablemente contrataría a alguien.

Pronto me arrepentí, resulta que me acordé de un empresario del campo, al que lo mató un taxi boy. A su vez, recordé el caso de Emilio Mitre (asesinado en circunstancias aun desconocidas. En un momento se señaló como responsable a “el Larva”, su amante. en otro a uno de estos muchachos que se alquilan, no justamente para soñar), hermano de Bartolomé, director del diario La Nación. Diario, Emilio, Mitre Bartolomé… Todos me llevan a Historia, que rendí el viernes. Ese día conocí a un muchacho que rendía Historia también, muchacho sumamente versado en temas liberales de la historia y curiosamente se llamaba Emilio.

La conversación que habíamos entablado la iniciamos hablando de Perón, pronto se desvió a los obreros, pronto a los obreros que se querían superar y que prendendían ser pequeños burgueses.

Pronto la conversación se volcó al plano personal. Nuestras historias de vida se parecían, tocaban en un punto. Ambos trabajábamos para poder sostener nuestras carreras. Pero se separaban en otro punto, yo, trabajaba para una “parasitaria” multinacional y él era actor. Tuvo una pequeña experiencia grabando un videoclip para Intoxicados. Curiosamente no era homosexual.

El necesario quiebre

Y así sigue mi historia… Y cada vez siento menos… respeto por mi vida…(Adrián Nievas)

Y así vino el inevitable quiebre. El amor con posibilidades de ser alcanzado, se pulverizó.

Hay otras cosas… otras personas, que además de ser alcanzables, son más cuerdas. Sólo necesitan un poco de formación. Un poco más de cultura, pero eso es perfectamente manejable, sobre todo si hay una intención de mejorar por parte de ellos, que creo que la hay.

Quizá no haya una profundidad de sentimientos que me mueven a actuar de la manera en que pienso hacerlo. Pero hay una pulsión intelectual que me obliga actuar de manera racional, debo hacerlo para ser feliz. Quizá sea cierto que los sentimientos vengan después.

Debo aclarar que no me arrepiento de todo lo que sentí por Bob Pantaleto. De hecho me sigue gustando. No considero, bajo ninguna circunstancia, que el tiempo en que me la pasé embobada sea tiempo perdido. Lejos de eso considero positivo el hecho de haber sufrido un poco por él, ya que, como dice Charly…”para aburrirme prefiero sufrir”…

Lo que sigue de este esperable y necesario quiebre es un poco más de la soledad que sólo calma un poco de masturbación, tanto física como intelectual. No soy una persona temeraria, no adoro el riesgo; antes de embarcarme (o armar las valijas, mejor dicho) en un nuevo proyecto amoroso, me voy a asegurar que en donde planeo navegar haya si quiera un poco de agua. Estoy un tanto cansada de romperme la cabeza en ríos secos.

El quiebre no sólo se ha dado en lo referente a Bob Pantaleto, va más allá. Llega a tocar en la manera en que me relaciono con las demás personas, toca en la forma de querer ser feliz.

Ya no más hiperidealización de las personas, no mas estereotipos obstructivos, ya no más  falseamiento de la realidad. Comenzaré a regirme como lo hago en todos los demás ámbitos de la vida: percibir con los sentidos y la razón.

Las personas son personas, tan iguales a mí, como yo a ellos; y yo miento a veces. Dentro de mi círculo cercano soy una de las mejores. Lo que quiere decir que estoy rodeada de imbéciles y mentirosos. Mr Bob es uno de ellos, es un adorable, tierno y lindo imbécil. Persona culta, sin dudas; persona que habla bien, inobjetablemente. Pero que no apunta a donde yo lo hago; no se complementaría nunca a mi proyecto de vida. No busco apéndices, busco entidades autónomas en todos los sentidos. No busco a obsecuentes que me adulen, busco que me acompañen y critiquen.

En definitiva quiero rodearme de gente que me sirva. Por su puesto que lo ideal es que yo les sirva a ellos, pero eso deberán evaluarlo y juzgarlo ellos mismo. Cada uno debe velar por sus intereses.

¿Qué hubiese pasado si el quiebre lo hubiera hecho dentro de una relación con él? ¿Que hubiese sucedido si me hubiese percatado de que él no era para mi, una vez embarcados en la conformación de la pareja? Creo que tengo derecho a equivocarme. Creo que no hubiese sido tan grave, no soy infalible (creo que por eso me detesto). Además en ese caso hipotético ambos seríamos responsables, ya que él es quien debe encargarse de procurarse su bienestar y es él que debe evaluar todos los aspectos necesarios para aventurarse en un enlace de esas características.

Ahora sólo es necesario un último paso, que depende de él: es preciso que me aniquile en la cara todo resto de esperanza que pueda albergar en algún lugar remoto dentro de mí. Necesito que pulverice todo aquello que me de indicios falsos (o verdaderos) de posibilidades. Esto requiere de cirugía mayor, y no hay tiempo para anestesias—en realidad creo que ninguna anestesia funcionaría—.

Isolda Alonso Miranda